Mi eterna timidez

¿Que si recuerdo mi primera actuación en público?… ¿Que si la recuerdo?… Y cómo olvidarla.

Todavía siento el miedo en el cuerpo. Los nervios, el temblor de mis piernas al pisar aquel escenario  y mi lengua, que pegada al paladar se negaba a pronunciar palabra alguna de aquella canción, mientras los músicos seguían al pie de la letra su partitura sin darme el más mínimo respiro.

¿Que si la recuerdo?… ¿Que cuál era esa canción?… Creo que en muy pocas ocasiones os la he cantado en público desde aquel verano del setenta y cinco en que, gracias a ella, conseguí mi primer premio importante de la música como cantante en España: “La Ibérica de Oro”, concedido por el Festival de Música en Roda de Bará, un pequeño pueblo de la costa de Tarragona, en Cataluña, cuyo responsable y promotor, Luis del Olmo, era uno de los hombres de radio más importantes de aquella época.

¿El escenario?… ¿Que si recuerdo como era el escenario?… Cómo no recordar aquella réplica de un velero, a escala natural, flotando en el mar cuya cubierta era el escenario  al que los artistas debíamos llegar a través de una pasarela de madera, cuya distancia de principio a fin, andaría cerca de los cincuenta metros,  lo que suponía agotar el oxígeno tratando de llegar a tiempo para empezar a cantar la canción que previamente había anunciado el presentador y que los músicos ya iniciaban esperando mi llegada mientras yo, con la lengua fuera y mi traje de terciopelo negro con treinta grados bajo la luna de Agosto, contaba los pasos que me quedaban para alcanzar el micrófono. Cómo no recordar la carrera que supuso para mí aquella noche camino del escenario, dejando a mi paso aquellas azafatas vestidas de naranja que, apostadas a ambos lados de la pasarela, cubrían la carrera desde la playa-donde se situaba el público- hasta el micrófono, y cuyo efecto, mientras las iba rebasando, era el de un tren que va dejando atrás uno tras otro a un ritmo imparable los postes del tendido eléctrico… ¿Cómo olvidarla?

Cómo olvidar aquel momento en el que, al empezar a cantar, mi mente se quedó en blanco y mi garganta guardó silencio por unos segundos, seca como un desierto, hasta reanudar, incoherencia tras incoherencia, aquella canción cuyo texto iba apareciendo con cuentagotas en mi memoria, mientras sentía fluir la sangre a borbotones a mi cerebro, y los músicos me miraban sorprendidos de mis olvidos constantes a lo largo de todo el tiempo -de una duración infinita- que duró aquella canción.

Y cómo olvidar el aplauso “escaso” de aquél público educado y respetuoso, que aquella noche, desde su silla de tijera colocado en la playa, sufría conmigo aquellos lapsus de memoria propios de un principiante, a quien el hombre más importante de la Radio acababa de presentar como una estrella más de las que aquella  noche compartían el mismo escenario,  Rocío Jurado, Mari Trini o Camilo Sesto, entre otros artistas de primera fila, que esa noche actuaban en ese festival.

Un amigo mío llegado desde Madrid para asistir a mi debut, armado con una cámara súper ocho para filmar minuto tras minuto aquella actuación mía, con la intención de dejar constancia de mi paso por ese festival y, como si de un álbum de fotos de boda se tratara, reunirnos un día en mi casa y, en torno a unas cervezas y unas patatas fritas, asistir a la proyección de aquel “estreno mundial” del inicio de mi carrera como artista, que mi amigo, con la mejor intención, había filmado de aquel festival “inolvidable” de Roda de Bará.

Ni qué decir tiene que, a la vista del resultado, aquella reunión en mi casa nunca se llegó a celebrar dada la escasa calidad de aquél primer debut. El respeto de mi amigo hacia mí, hizo que,  para evitar mi rubor,decidiera no mostrarme aquella grabación.  Supongo  que al morir, debió dejar escrito que aquella imagen fuera destruida para evitar su difusión, lo que, probablemente, hubiera supuesto el final de mi incipiente carrera como cantante.

¿Que si recuerdo aquella primera actuación en público?… ¿Que si la recuerdo?…Cómo no recordarla. Sin embargo, lo que no consigo recordar es cuál era aquella canción. Una vez más, la olvidé.

Sin embargo, alguien sentado  entre el público vio en aquel artista nervioso,  inseguro, lleno de dudas y olvidos, algo más. Era un empresario de Barcelona, dueño de una de las salas más importantes de la ciudad, donde se presentaban los artistas de mayor éxito en aquél  momento, quien me ofreció mi primer contrato que supuso mi principio como cantante. Después de casi cuarenta años de profesión he vuelto a encontrar el momento de recordar aquéllos principios llenos de inseguridad, sin acabar de entender todavía cómo pude vencer mi timidez para enfrentarme al público más exigente en los teatros más importantes en donde presenté mi música.

-¿Que cómo lo conseguí?…

-Este será nuestro secreto: ¡Nunca lo conseguí!